La historia a partir del viernes 14 se escribiría con el rojo del fuego a discreción. Habían pasado más de 60 años de intríngulis diplomáticos y políticos del movimiento nacionalista judío por formar una nación soberana en una tierra que ellos consideraban su patria histórica y religiosa. Conocida con el nombre de Palestina desde la época romana la solución desembocaría en el desarraigo: implicaba tarde o temprano desalojar a los propios palestinos de origen árabe de parte de sus territorios.
En 1917 se había suscrito ya la Declaración de Balfour, con el apoyo de Estados Unidos. En esta el Reino Unido -que manifestaba su poder e influencia ahí- veía favorablemente la posible creación de una nación judía, siempre y cuando no menoscabara los derechos de los musulmanes y cristianos. Esta declaración sirvió como base para que la Liga de Naciones de la época le diera el mandato sobre Palestina a Gran Bretaña, terminada la Primera Guerra Mundial.
Las décadas del 20 y el 30 vieron aumentar la inmigración judía sobre todo por la persecución nazi, lo que provocó que -al llegar el medio millón- la potencia británica impusiera topes a esa inmigración en 1939 por presión de los árabes indignados. Y en 1945, finalizada la Segunda Guerra Mundial, decidiera que debía retirarse de un territorio que se tornaba incontrolable por las revueltas religiosas que comenzaron en 1936. Judíos y árabes empezaron los interminables escarceos que exaltaban tanto el aspecto étnico como el religioso.
Reunida de emergencia, la Asamblea General de las Naciones Unidas quiso encontrar un justo medio y el 29 de noviembre de 1947 planteó la partición de Palestina en dos estados y que sean las propias Naciones Unidas las que se encargaran de la administración de Jerusalén. La comunidad judía aceptó en su mayoría, pero la árabe se opuso tenazmente. Y la violencia cotidiana de ese entonces fue el germen de la violencia demente de hoy.
EL ESTADO DE SITIOLas conversaciones de paz se deshacían entre la sinrazón o la fuerza. Y el 14 de mayo de 1948, cuando los británicos retiraron a su último soldado, el líder sionista David Ben Gurión -enarbolando el plan de las Naciones Unidas- declaró inmediatamente la creación del Estado de Israel en Tel Aviv. Inmediatamente también -y luego de la huida masiva de los palestinos de sus tierras- el nuevo país fue atacado por siete estados árabes: Egipto, Líbano, Iraq, Siria, Jordania, Arabia Saudí y Yemen.
Ben Gurión unificó a las milicias y vio la necesidad de crear el Ejército de Defensa de Israel que en aquella cruenta guerra improvisada no solo venció sino incluso ocupó y ganó nuevos territorios en un 50%, incluyendo la zona occidental de Jerusalén. En manos de los árabes quedaron Cisjordania, en la zona occidental del río Jordán, y la franja de Gaza, que había sido ocupada por Egipto. Se firmaron cuatro armisticios en Grecia, pero serían letra muerta después.
El odio de los derrotados se hizo más visceral cuando el 5 de julio de 1950, Israel promovió la inmigración masiva a su flamante Estado en operaciones emblemáticas, sobre todo con los 250.000 sobrevivientes del Holocausto. (Y después la expansión de aguerridos colonos ultranacionalistas en asentamientos). En los años que siguieron fue con Egipto que se dieron los choques más furibundos. En 1956, luego de que el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser nacionalizara el canal de Suez y cerrara el paso a los buques que traían provisiones a Israel, el ejército de este país invadió la franja de Gaza y la península de Sinaí; y tomó el canal con apoyo francés y británico. En plena Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética presionaron para que termine la ocupación de Egipto. Y luego lucharían por el control geopolítico e influencia ideológica de la zona.
SEIS DÍAS DE SANGRELa herida árabe supuraba de rabia y en 1967 Nasser acumuló contingentes para tomarse la revancha. Pero no contaba con lo que sería una constante sanguinolenta: la superioridad militar, tecnológica y económica israelí.
El 5 de junio, en un solo día, su fuerza aérea aniquiló a la de Egipto y desbarató las de Siria y Jordania. Y con una potencia descomunal su ejército arrasó los de esos tres países en la Guerra de los Seis Días, conocida como la peor humillación para los árabes, cuyas consecuencias fueron tan desmedidas que provocaron reivindicaciones en la matanza de Múnich, los acuerdos de Camp David y Oslo y la Intifada.
Las Naciones Unidas garantizaron el cese del fuego el 11 de junio cuando el ganador controlaba la península del Sinaí, los Altos del Golán y la franja de Gaza y el este de Jerusalén.
Así en 1973 no hubo tregua contra el ciclón de violencia extrema: con el fin de recuperar los lugares estratégicos perdidos, los ejércitos de Egipto y Siria escogieron el Día de Expiación (Yom Kipur) de los judíos, el 6 de octubre, para sorprender con una ofensiva que pareció revertir la correlación de fuerzas. Sin embargo, el ejército israelí recuperó los territorios en tres semanas, irrumpió cerca de Damasco, la capital siria, penetró en el Canal de Suez, hasta que se negoció la llegada de una fuerza de paz de la ONU.
Si existe un hito en esta espiral trepidante de guerra fue cuando llegó al poder el presidente egipcio Anwar el Sadat y en 1977 fue capaz de visitar Jerusalén para conversar con Menahem Begin, el primer ministro israelí. Por sus esfuerzos ambos recibieron el Premio Nobel de la Paz en 1978. Y con la ayuda del presidente estadounidense Jimmy Carter, ambos líderes firmaron el tratado de paz del 26 de marzo de 1979, por el cual Israel le devolvió el Sinaí a Egipto en 1982 y el golfo de Aqaba. Pero hubo un costo extremo: Sadat fue asesinado por militares opuestos al proceso de paz y la Liga Árabe expulsó a Egipto de su furioso seno.
Fue en los años 80 que Israel invadió el sur de Líbano para combatir a los guerrilleros de la OLP, de Yasser Arafat. Y se consolidó en esta década un historial de violencia irrefrenable con grupos terroristas como Hezbolá en Libia y Hamas... junto con los "halcones" en el poder en Israel. Y también se hizo común una tendencia fulminante: que las principales víctimas sean la población inocente tanto israelí como palestina. Aunque, sin miramiento que valga, en una desproporción desalmada contra los civiles palestinos como sucede hoy mismo. Como escribió el poeta palestino Mahmud Darwish: "La tierra se estrecha para nosotros. Nos hacina en el último pasaje y nos despojamos de nuestros miembros para pasar (...) Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje. Aquí o ahí... nuestra sangre plantará sus olivos".
NOTICIAS DEL PASADO
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En 1917 se había suscrito ya la Declaración de Balfour, con el apoyo de Estados Unidos. En esta el Reino Unido -que manifestaba su poder e influencia ahí- veía favorablemente la posible creación de una nación judía, siempre y cuando no menoscabara los derechos de los musulmanes y cristianos. Esta declaración sirvió como base para que la Liga de Naciones de la época le diera el mandato sobre Palestina a Gran Bretaña, terminada la Primera Guerra Mundial.
Las décadas del 20 y el 30 vieron aumentar la inmigración judía sobre todo por la persecución nazi, lo que provocó que -al llegar el medio millón- la potencia británica impusiera topes a esa inmigración en 1939 por presión de los árabes indignados. Y en 1945, finalizada la Segunda Guerra Mundial, decidiera que debía retirarse de un territorio que se tornaba incontrolable por las revueltas religiosas que comenzaron en 1936. Judíos y árabes empezaron los interminables escarceos que exaltaban tanto el aspecto étnico como el religioso.
Reunida de emergencia, la Asamblea General de las Naciones Unidas quiso encontrar un justo medio y el 29 de noviembre de 1947 planteó la partición de Palestina en dos estados y que sean las propias Naciones Unidas las que se encargaran de la administración de Jerusalén. La comunidad judía aceptó en su mayoría, pero la árabe se opuso tenazmente. Y la violencia cotidiana de ese entonces fue el germen de la violencia demente de hoy.
EL ESTADO DE SITIOLas conversaciones de paz se deshacían entre la sinrazón o la fuerza. Y el 14 de mayo de 1948, cuando los británicos retiraron a su último soldado, el líder sionista David Ben Gurión -enarbolando el plan de las Naciones Unidas- declaró inmediatamente la creación del Estado de Israel en Tel Aviv. Inmediatamente también -y luego de la huida masiva de los palestinos de sus tierras- el nuevo país fue atacado por siete estados árabes: Egipto, Líbano, Iraq, Siria, Jordania, Arabia Saudí y Yemen.
Ben Gurión unificó a las milicias y vio la necesidad de crear el Ejército de Defensa de Israel que en aquella cruenta guerra improvisada no solo venció sino incluso ocupó y ganó nuevos territorios en un 50%, incluyendo la zona occidental de Jerusalén. En manos de los árabes quedaron Cisjordania, en la zona occidental del río Jordán, y la franja de Gaza, que había sido ocupada por Egipto. Se firmaron cuatro armisticios en Grecia, pero serían letra muerta después.
El odio de los derrotados se hizo más visceral cuando el 5 de julio de 1950, Israel promovió la inmigración masiva a su flamante Estado en operaciones emblemáticas, sobre todo con los 250.000 sobrevivientes del Holocausto. (Y después la expansión de aguerridos colonos ultranacionalistas en asentamientos). En los años que siguieron fue con Egipto que se dieron los choques más furibundos. En 1956, luego de que el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser nacionalizara el canal de Suez y cerrara el paso a los buques que traían provisiones a Israel, el ejército de este país invadió la franja de Gaza y la península de Sinaí; y tomó el canal con apoyo francés y británico. En plena Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética presionaron para que termine la ocupación de Egipto. Y luego lucharían por el control geopolítico e influencia ideológica de la zona.
SEIS DÍAS DE SANGRELa herida árabe supuraba de rabia y en 1967 Nasser acumuló contingentes para tomarse la revancha. Pero no contaba con lo que sería una constante sanguinolenta: la superioridad militar, tecnológica y económica israelí.
El 5 de junio, en un solo día, su fuerza aérea aniquiló a la de Egipto y desbarató las de Siria y Jordania. Y con una potencia descomunal su ejército arrasó los de esos tres países en la Guerra de los Seis Días, conocida como la peor humillación para los árabes, cuyas consecuencias fueron tan desmedidas que provocaron reivindicaciones en la matanza de Múnich, los acuerdos de Camp David y Oslo y la Intifada.
Las Naciones Unidas garantizaron el cese del fuego el 11 de junio cuando el ganador controlaba la península del Sinaí, los Altos del Golán y la franja de Gaza y el este de Jerusalén.
Así en 1973 no hubo tregua contra el ciclón de violencia extrema: con el fin de recuperar los lugares estratégicos perdidos, los ejércitos de Egipto y Siria escogieron el Día de Expiación (Yom Kipur) de los judíos, el 6 de octubre, para sorprender con una ofensiva que pareció revertir la correlación de fuerzas. Sin embargo, el ejército israelí recuperó los territorios en tres semanas, irrumpió cerca de Damasco, la capital siria, penetró en el Canal de Suez, hasta que se negoció la llegada de una fuerza de paz de la ONU.
Si existe un hito en esta espiral trepidante de guerra fue cuando llegó al poder el presidente egipcio Anwar el Sadat y en 1977 fue capaz de visitar Jerusalén para conversar con Menahem Begin, el primer ministro israelí. Por sus esfuerzos ambos recibieron el Premio Nobel de la Paz en 1978. Y con la ayuda del presidente estadounidense Jimmy Carter, ambos líderes firmaron el tratado de paz del 26 de marzo de 1979, por el cual Israel le devolvió el Sinaí a Egipto en 1982 y el golfo de Aqaba. Pero hubo un costo extremo: Sadat fue asesinado por militares opuestos al proceso de paz y la Liga Árabe expulsó a Egipto de su furioso seno.
Fue en los años 80 que Israel invadió el sur de Líbano para combatir a los guerrilleros de la OLP, de Yasser Arafat. Y se consolidó en esta década un historial de violencia irrefrenable con grupos terroristas como Hezbolá en Libia y Hamas... junto con los "halcones" en el poder en Israel. Y también se hizo común una tendencia fulminante: que las principales víctimas sean la población inocente tanto israelí como palestina. Aunque, sin miramiento que valga, en una desproporción desalmada contra los civiles palestinos como sucede hoy mismo. Como escribió el poeta palestino Mahmud Darwish: "La tierra se estrecha para nosotros. Nos hacina en el último pasaje y nos despojamos de nuestros miembros para pasar (...) Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje. Aquí o ahí... nuestra sangre plantará sus olivos".
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